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  Nuestra experiencia comienza inmediatamente después de acontecimientos eclesiales y sociales extraordinarios.
Hay una gran euforia de renovación en lo eclesial promovida por el Concilio Vaticano II. En Latinoamérica, se acaba de celebrar Medellín y, en el Perú, acaba de nacer la Teología de la Liberación.
En lo social llega a los jóvenes los vientos innovadores del Mayo francés del 68 y, en el Perú se vive un ambiente de lenguaje revolucionario con la toma del poder de Velasco.
Este ambiente está alimentado por un sustrato de cambios, latente en Sudamérica, con la revolución cubana, con Camilo Torres y el Che Guevara como símbolos. Los jóvenes piensan que la transformación del hombre nuevo, y de las nuevas estructuras, está a la vuelta de la esquina y se lanza generosamente a conseguirla.

Los jóvenes cristianos más concientizados se contagian del entusiasmo y se preocupan solidariamente de lograr la renovación intraeclesial y el cambio de las estructuras sociales. La misma Iglesia Latinoamericana, cuando se refiere a los jóvenes en Medellín, recalca la dimensión liberadora de la Fe en el compromiso con el pobre. El Episcopado Peruano hace eco de la mentalidad de Medellín e impulsa la renovación a través de documentos importantes.
En este contexto esperanzador de renovación y de cambio intraeclesial y social, de aguda preocupación por la justicia y la paz, por la liberación del hombre, de todos los hombres y de toda servidumbre, nace nuestra experiencia cristiana en el Movimiento Juvenil JAX.

Todo comenzó luego de un retiro en el Colegio San Agustín en Lima en el año 1970.
Un adolescente de 13 años, cuya mamá estaba relacionada a los grupos de la Parroquia, le pidió al Padre Eugenio Alonso, O.S.A. que asesorara a los muchachos que participaron con él en dicha jornada.
En aquel entonces el horario del colegio era partido y en lugar de ir a almorzar a sus casas todos se quedaban sentados en el césped, terminando de comer alrededor de una palmera.
Se comenzó de cero. Influenciados por el inconsciente agustiniano formamos grupos de amigos buscadores de la verdad, de la felicidad y hacedores del bien.

San Agustín desde sus "Confesiones" nos gritaba y resaltaba la importancia del verdadero amor y la verdadera amistad con cualidades que dan felicidad, como la sinceridad, confianza, donación, lealtad, compartir; y que estaban resumidas por él en frases como "Qué expresión más feliz la de aquél que dijo de su amigo que era la MITAD DE SU ALMA. Siempre tuve la impresión de que mi alma y la suya eran una sola en dos cuerpos."
Evidentemente la auténtica amistad que congrega a los amigos cristianos, no es simplemente humana, es Cristo la fuerza de la amistad, es Él quien nos une, porque es el AMIGO por excelencia.
Esas cualidades individuales de la Amistad inspiradas en San Agustín las queremos vivir en nuestros grupos.

Ya han pasado más de 40 años desde ese acontecimiento. Prueba de ello es que tenemos nuestras 5 sedes y a la fecha muchos jóvenes peruanos han aceptado ser "Jóvenes Amigos de Cristo" en ellas.